jueves, 16 de octubre de 2008
lunes, 13 de octubre de 2008
¿POR QUÉ ES TAN IMPORTANTE DARWIN? / WHY IS DARWIN SO IMPORTANT?



En 2009 se cumplirán 200 años del nacimiento en Shrewsbury (Gran Bretaña) de Charles Robert Darwin. También se cumplirán 150 años de la publicación de la primera edición (24 de Noviembre de 1859) de su obra más conocida: El Origen de las Especies. Así pues, leeremos y oiremos muchas cosas sobre Darwin en los próximos meses. También este blog aprovechará la efemérides para abordar diversos temas relacionados con su vida y su obra, pero sobre todo con la evolución y la selección natural. Quizá debamos empezar por justificar brevemente la colosal importancia de este científico.
Hasta los siglos XVI y XVII, las concepciones sobre la posición de nuestra especie en el Universo eran claramente antropocéntricas. Según ellas, la Tierra es el centro del Universo y la especie humana domina la Tierra, en virtud de su carácter superior, hecha a imagen y semejanza de la divinidad. Pues bien, la historia de la ciencia moderna es, en buena parte, la del desmontaje de esa autocomplaciente visión de nosotros mismos. Este desmontaje se efectúa en dos etapas.
En la primera de ellas, el modelo geocéntrico del Universo es reemplazado por el heliocéntrico. En éste, la Tierra ya no es el centro, sino un planeta más, que recorre distancias vastísimas por el espacio mientras gira sin cesar – como otros planetas – alrededor del sol.
En la segunda etapa nuestra especie sufre el descabalgamiento definitivo del pedestal en que nosotros mismos nos habíamos colocado, y esto se lo debemos en buena parte a Charles Darwin. Veamos en qué sentido esto es así.
Darwin no es, ni mucho menos, el primero en hacer pública la idea de que los seres vivos cambian a lo largo del tiempo y las especies se modifican, dando lugar a otras nuevas. Desde fines del siglo XVIII la idea de cambio, en ciencias naturales como en ciencias sociales, impregnaba el ambiente intelectual europeo y norteamericano. Sin ir más lejos, el propio abuelo de Darwin, Erasmus, había escrito sobre ello. ¡Y qué decir de Lamarck en Francia! Tampoco puede adjudicarse a Darwin la autoría de la primera teoría evolutiva digna de tal nombre, pues los libros escritos por Lamarck datan de medio siglo antes de El Origen de las Especies.
¿Cuál es, pues, el mérito de Darwin?
Con la perspectiva que dan los años transcurridos, podemos afirmar que nuestro autor realizó dos enormes aportaciones a la ciencia y el pensamiento contemporáneos.
En primer lugar, en El Origen de las Especies reunió y expuso argumentadamente un número abrumador de pruebas a favor de la idea de evolución, como nadie había hecho antes. Las pruebas procedían de la biogeografía, de la anatomía comparada, la paleontología y el comportamiento animal. En su conjunto, tenían tal potencia argumentativa que unos años después de la publicación de su obra, la mayor parte de los científicos serios del mundo occidental aceptaban la evolución biológica como un hecho, aunque el consenso sobre cómo se produce el cambio evolutivo tardó mucho más en llegar.
La segunda gigantesca aportación de Darwin a la ciencia es su teoría sobre el mecanismo de la evolución biológica: la selección natural. En realidad, la paternidad intelectual debe ser compartida con Alfred Russell Wallace, el joven naturalista que, al comunicar sus ideas a Darwin, precipitó la publicación por éste de los estudios sobre evolución en los que venía ocupándose desde más de veinte años antes. Pero aquí, nuevamente, el carácter sistemático de Darwin marca la diferencia. La exposición detallada de la teoría de la selección natural, plagada de argumentaciones, ejemplos, analogías, etc., deja poco lugar a la ambigüedad. En el contexto científico de la época, la teoría darwiniana tiene sus puntos débiles. Le falta, por ejemplo, una teoría de la herencia biológica en la que apoyarse. Pero su claridad y poder explicativo es tan enorme que ganó adeptos rápidamente. Sin embargo, hubo que esperar a mediados del siglo XX para que, en conjunción con la genética de poblaciones y la naciente Biología molecular, la selección natural fuera aceptada por la comunidad científica como mecanismo básico de cambio evolutivo.
¿Qué queda de Darwin en la actualidad? En primer lugar, la ciencia contemporánea considera la evolución biológica como un hecho, mal que les pese a los creacionistas. El “cómo” de la evolución se explica mediante lo que se ha dado en llamar teoría sintética o, más inapropiadamente, neodarwinismo. El nombre obedece al hecho de que está construida con aportaciones recientes de distintas disciplinas biológicas: Genética, Bioquímica, Anatomía y Fisiología, Ecología, Etología, Biogeografía, etc. El núcleo de esta teoría sigue siendo la selección natural darwiniana. Y su alcance es, hoy como ayer, inmenso. Todas las ciencias naturales tienen una o dos teorías centrales que articulan y dan coherencia al conjunto de conocimientos construidos por cada disciplina. Pues bien, en el caso de la Biología ese papel central corresponde, sin ninguna duda, a la teoría sintética de la evolución. No exageraba el gran genetista T. Dobzhanskii cuando afirmaba: Nada tiene sentido en Biología si no es a la luz de la evolución.
En definitiva, la “peligrosa idea de Darwin”, en palabras del filósofo de la ciencia Daniel Dennett, supuso una revolución científica y filosófica cuyas consecuencias aún no han terminado de desarrollarse. No somos los mismos después de Darwin. Gracias, en buena parte, a su esfuerzo, disponemos de un potente modelo explicativo sobre la historia de la Tierra y de la vida, y sobre los cambios que en ellas acontecen. Y nuestra visión del mundo y de nosotros mismos ha cambiado en consonancia con ello.
NOTA.: No cabrían en una sola entrada otros aspectos muy importantes de la obra de Darwin: su obra sobre el origen de nuestra especie, su explicación sobre la formación de los atolones del Pacífico y otras contribuciones a la Geología, sus ideas sobre coevolución de plantas e insectos, su carácter de precursor de la Etología,… Quien quiera conocer algo más sobre la vida y obra de Darwin puede consultar literalmente miles de libros, revistas y sitios web. Para empezar, recomiendo estos:
- Pelayo, F. (2001): Darwin. De la creación a la evolución. Ed. Nivola. Madrid.
- Huxley, J. y Kettlewel, H.D.B. (1987): Darwin. Ed. Salvat. Barcelona.
- Sarukhan, J. (1988): Las musas de Darwin. FCE. México.
- Todas las obras divulgativas del gran paleontólogo Stephen Jay Gould (El pulgar del panda, La sonrisa del flamenco, etc.) publicadas en castellano por la editorial Crítica.
- Un excelente blog en castellano sobre evolución: http://paleofreak.blogalia.com
Hasta los siglos XVI y XVII, las concepciones sobre la posición de nuestra especie en el Universo eran claramente antropocéntricas. Según ellas, la Tierra es el centro del Universo y la especie humana domina la Tierra, en virtud de su carácter superior, hecha a imagen y semejanza de la divinidad. Pues bien, la historia de la ciencia moderna es, en buena parte, la del desmontaje de esa autocomplaciente visión de nosotros mismos. Este desmontaje se efectúa en dos etapas.
En la primera de ellas, el modelo geocéntrico del Universo es reemplazado por el heliocéntrico. En éste, la Tierra ya no es el centro, sino un planeta más, que recorre distancias vastísimas por el espacio mientras gira sin cesar – como otros planetas – alrededor del sol.
En la segunda etapa nuestra especie sufre el descabalgamiento definitivo del pedestal en que nosotros mismos nos habíamos colocado, y esto se lo debemos en buena parte a Charles Darwin. Veamos en qué sentido esto es así.
Darwin no es, ni mucho menos, el primero en hacer pública la idea de que los seres vivos cambian a lo largo del tiempo y las especies se modifican, dando lugar a otras nuevas. Desde fines del siglo XVIII la idea de cambio, en ciencias naturales como en ciencias sociales, impregnaba el ambiente intelectual europeo y norteamericano. Sin ir más lejos, el propio abuelo de Darwin, Erasmus, había escrito sobre ello. ¡Y qué decir de Lamarck en Francia! Tampoco puede adjudicarse a Darwin la autoría de la primera teoría evolutiva digna de tal nombre, pues los libros escritos por Lamarck datan de medio siglo antes de El Origen de las Especies.
¿Cuál es, pues, el mérito de Darwin?
Con la perspectiva que dan los años transcurridos, podemos afirmar que nuestro autor realizó dos enormes aportaciones a la ciencia y el pensamiento contemporáneos.
En primer lugar, en El Origen de las Especies reunió y expuso argumentadamente un número abrumador de pruebas a favor de la idea de evolución, como nadie había hecho antes. Las pruebas procedían de la biogeografía, de la anatomía comparada, la paleontología y el comportamiento animal. En su conjunto, tenían tal potencia argumentativa que unos años después de la publicación de su obra, la mayor parte de los científicos serios del mundo occidental aceptaban la evolución biológica como un hecho, aunque el consenso sobre cómo se produce el cambio evolutivo tardó mucho más en llegar.
La segunda gigantesca aportación de Darwin a la ciencia es su teoría sobre el mecanismo de la evolución biológica: la selección natural. En realidad, la paternidad intelectual debe ser compartida con Alfred Russell Wallace, el joven naturalista que, al comunicar sus ideas a Darwin, precipitó la publicación por éste de los estudios sobre evolución en los que venía ocupándose desde más de veinte años antes. Pero aquí, nuevamente, el carácter sistemático de Darwin marca la diferencia. La exposición detallada de la teoría de la selección natural, plagada de argumentaciones, ejemplos, analogías, etc., deja poco lugar a la ambigüedad. En el contexto científico de la época, la teoría darwiniana tiene sus puntos débiles. Le falta, por ejemplo, una teoría de la herencia biológica en la que apoyarse. Pero su claridad y poder explicativo es tan enorme que ganó adeptos rápidamente. Sin embargo, hubo que esperar a mediados del siglo XX para que, en conjunción con la genética de poblaciones y la naciente Biología molecular, la selección natural fuera aceptada por la comunidad científica como mecanismo básico de cambio evolutivo.
¿Qué queda de Darwin en la actualidad? En primer lugar, la ciencia contemporánea considera la evolución biológica como un hecho, mal que les pese a los creacionistas. El “cómo” de la evolución se explica mediante lo que se ha dado en llamar teoría sintética o, más inapropiadamente, neodarwinismo. El nombre obedece al hecho de que está construida con aportaciones recientes de distintas disciplinas biológicas: Genética, Bioquímica, Anatomía y Fisiología, Ecología, Etología, Biogeografía, etc. El núcleo de esta teoría sigue siendo la selección natural darwiniana. Y su alcance es, hoy como ayer, inmenso. Todas las ciencias naturales tienen una o dos teorías centrales que articulan y dan coherencia al conjunto de conocimientos construidos por cada disciplina. Pues bien, en el caso de la Biología ese papel central corresponde, sin ninguna duda, a la teoría sintética de la evolución. No exageraba el gran genetista T. Dobzhanskii cuando afirmaba: Nada tiene sentido en Biología si no es a la luz de la evolución.
En definitiva, la “peligrosa idea de Darwin”, en palabras del filósofo de la ciencia Daniel Dennett, supuso una revolución científica y filosófica cuyas consecuencias aún no han terminado de desarrollarse. No somos los mismos después de Darwin. Gracias, en buena parte, a su esfuerzo, disponemos de un potente modelo explicativo sobre la historia de la Tierra y de la vida, y sobre los cambios que en ellas acontecen. Y nuestra visión del mundo y de nosotros mismos ha cambiado en consonancia con ello.
NOTA.: No cabrían en una sola entrada otros aspectos muy importantes de la obra de Darwin: su obra sobre el origen de nuestra especie, su explicación sobre la formación de los atolones del Pacífico y otras contribuciones a la Geología, sus ideas sobre coevolución de plantas e insectos, su carácter de precursor de la Etología,… Quien quiera conocer algo más sobre la vida y obra de Darwin puede consultar literalmente miles de libros, revistas y sitios web. Para empezar, recomiendo estos:
- Pelayo, F. (2001): Darwin. De la creación a la evolución. Ed. Nivola. Madrid.
- Huxley, J. y Kettlewel, H.D.B. (1987): Darwin. Ed. Salvat. Barcelona.
- Sarukhan, J. (1988): Las musas de Darwin. FCE. México.
- Todas las obras divulgativas del gran paleontólogo Stephen Jay Gould (El pulgar del panda, La sonrisa del flamenco, etc.) publicadas en castellano por la editorial Crítica.
- Un excelente blog en castellano sobre evolución: http://paleofreak.blogalia.com
jueves, 9 de octubre de 2008
MAMÍFEROS EN PELIGRO / ENDANGERED MAMMALS




En el Congreso Mundial de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, que se está celebrando en Barcelona entre el 5 y el 14 de este mes, se ha hecho público el más completo estudio hecho sobre la situación de los mamíferos (ese grupo zoológico al que pertenecemos todos los lectores de este blog) en el mundo. Y los resultados del estudio son muy preocupantes. De un total de 5487 especies, al menos 1141 (más de un 20%) están en riesgo de extinción. Y, de éstas, 188 están en peligro inminente de desaparecer. Además, en algunos casos ya es demasiado tarde para evitarlo. Al menos 76 especies se han extinguido desde el siglo XVI por causas atribuibles, parcial o totalmente, a los seres humanos.
Para empeorar aún más el panorama, hay 836 especies de las que no se tienen datos suficientes como para evaluar su status. Esto significa que la lista de mamíferos en peligro podría llegar a un 36% del total de especies.
En cuanto a las causas de esta catástrofe para la biodiversidad, hay que colocar en primer lugar la pérdida y fragmentación de hábitats, provocada a su vez por distintas actividades humanas: urbanización incontrolada, deforestación, construcción de grandes obras públicas, sobrepastoreo, desecación de humedales, etc. También contribuyen a acentuar el problema la caza incontrolada y la introducción en hábitats naturales de especies ajenas a los mismos.
En el lado positivo, el estudio constata varios casos en los que acciones conservacionistas cuidadosamente planeadas y ejecutadas han permitido salvar de la extinción a especies como el hurón patinegro (Mustela nigripes) en Norteamérica, o el caballo de Przewalski (Equus ferus) en Mongolia.
Pero no sólo hay mamíferos a punto de desaparecer del planeta. La lista roja de la UICN incluye un total de 16928 especies de seres vivos amenazadas de extinción (un 38% del total de las estudiadas). Aves, reptiles, anfibios, peces,… pero también insectos amenazados por coleccionistas o muchas plantas que son frágiles reliquias de un tiempo y un clima pretéritos. Aunque plantas e invertebrados no disfrutan de la buena imagen que tienen los animales más parecidos a nosotros como los mamíferos, su belleza – fruto de larguísimos e irrepetibles procesos evolutivos – y su importancia para el mantenimiento de los equilibrios naturales no les van a la zaga.
Carlos M. Herrera, uno de nuestros más reputados especialistas en Ecología, ha escrito a menudo sobre las muchas razones que deben llevarnos a no descuidar la conservación de estos seres vivos que también son nuestros pequeños parientes. Nosotros, mucho más modestamente, lo haremos en una próxima entrada.
Para empeorar aún más el panorama, hay 836 especies de las que no se tienen datos suficientes como para evaluar su status. Esto significa que la lista de mamíferos en peligro podría llegar a un 36% del total de especies.
En cuanto a las causas de esta catástrofe para la biodiversidad, hay que colocar en primer lugar la pérdida y fragmentación de hábitats, provocada a su vez por distintas actividades humanas: urbanización incontrolada, deforestación, construcción de grandes obras públicas, sobrepastoreo, desecación de humedales, etc. También contribuyen a acentuar el problema la caza incontrolada y la introducción en hábitats naturales de especies ajenas a los mismos.
En el lado positivo, el estudio constata varios casos en los que acciones conservacionistas cuidadosamente planeadas y ejecutadas han permitido salvar de la extinción a especies como el hurón patinegro (Mustela nigripes) en Norteamérica, o el caballo de Przewalski (Equus ferus) en Mongolia.
Pero no sólo hay mamíferos a punto de desaparecer del planeta. La lista roja de la UICN incluye un total de 16928 especies de seres vivos amenazadas de extinción (un 38% del total de las estudiadas). Aves, reptiles, anfibios, peces,… pero también insectos amenazados por coleccionistas o muchas plantas que son frágiles reliquias de un tiempo y un clima pretéritos. Aunque plantas e invertebrados no disfrutan de la buena imagen que tienen los animales más parecidos a nosotros como los mamíferos, su belleza – fruto de larguísimos e irrepetibles procesos evolutivos – y su importancia para el mantenimiento de los equilibrios naturales no les van a la zaga.
Carlos M. Herrera, uno de nuestros más reputados especialistas en Ecología, ha escrito a menudo sobre las muchas razones que deben llevarnos a no descuidar la conservación de estos seres vivos que también son nuestros pequeños parientes. Nosotros, mucho más modestamente, lo haremos en una próxima entrada.
jueves, 18 de septiembre de 2008
¿VACUNA CONTRA EL CÁNCER?




El origen de esta entrada está en un debate que tuvimos en clase de 1º de Bachillerato el curso pasado. En él hice una afirmación lapidaria: “No puede existir una VACUNA CONTRA EL CÁNCER, así, con mayúsculas”, y prometí explicarla más adelante. Con bastante retraso, intentaré aclarar, justificar y matizar tan categórica afirmación.
Comencemos por las matizaciones. Por supuesto, como toda frase lapidaria, ésta no debe tomarse al pie de la letra, y así lo advertí en su momento. En primer lugar, porque sí hay vacunas contra algunos tipos de cáncer. El caso más publicitado quizá sea el de la vacuna contra el virus del papiloma, vacuna que indirectamente protege contra el cáncer de cuello de útero. Pero, desde el punto de vista científico, ésta no es más que una excepción (muy importante, eso sí, para quienes pueden padecerlo), pues son pocos los cánceres de origen vírico. Y, lo que es más importante, de la inmunización, no siempre exitosa, contra este virus a la creación de “una vacuna” que prevenga todo proceso canceroso media, por desgracia, una enorme distancia.
También podría pensarse que el sentido de la dichosa frasecita hace referencia al concepto tradicional de vacuna, como preparado que inmuniza frente a antígenos exógenos. Éstos son habitualmente moléculas situadas en las envueltas exteriores de todo tipo de microorganismos: bacterias, hongos, protozoos, virus… En realidad, una supuesta vacuna contra el cáncer inmunizaría contra antígenos situados en la membrana plasmática de las propias células tumorales del paciente… antes de que éstas aparecieran. Para que tal vacuna funcionara, sería requisito fundamental que se conociera previamente alguna molécula que, producida exclusivamente por los genes que se activan en las células tumorales, se dispusiera en la cara externa de la membrana plasmática, como hacen los antígenos de, por ejemplo, una bacteria o un virus. Entonces se podría intentar estimular a nuestro sistema inmune a que fabricara anticuerpos contra estos antígenos, como sucede en cualquier proceso de vacunación, con la única diferencia de que, en esta ocasión, la “diana” (el antígeno a bloquear) procede del interior de nuestro propio organismo.
El problema principal de esta estrategia de investigación es que no existe tal “diana” (al menos, no se conoce por ahora), sino que existen muchas distintas. La mayoría son específicas de cada clase de tumor, de cada tipo de crecimiento tumoral e incluso de individuos. Dicho de otro modo, el problema de una posible “vacuna contra el cáncer” es que no existe “el cáncer”, sino multitud de cánceres, cada uno con sus propios antígenos tumorales, que es como llaman los especialistas a estas moléculas específicas de cada tumor, y a veces algunas de ellas son diferentes incluso de un individuo a otro. Hay que decir, sin embargo, que todos los tumores malignos tienen algunos rasgos comunes: reproducción incontrolada de sus células, metástasis, etc.
En términos más técnicos diríamos que cada enfermo (incluso cada tumor en un mismo enfermo) tiene un perfil oncogenético distinto, es decir, un conjunto diferente de genes que se activan e inactivan en sus células tumorales, y que da lugar a una batería de antígenos distinta. Esto hace muy difícil que un único tratamiento pueda inmunizar contra cualquier crecimiento tumoral, como debería hacer una “vacuna contra el cáncer”.
Sin embargo, la situación no es, ni mucho menos, tan negativa como parece deducirse de lo anterior. Una prueba de que se han producido y se producen grandes avances la podéis encontrar leyendo un artículo aparecido en Investigación y Ciencia en Agosto de esta año. En él se describe el descubrimiento, en los últimos años, de muchos genes cuya función alterada origina el comportamiento agresivo de las células tumorales en el cáncer de mama. Aunque faltan aún muchos por descubrir, llama la atención el hallazgo, este mismo año, de un gen (SATB1) que regula la acción de más de mil (sí, he dicho mil) genes implicados en las metástasis del cáncer de mama. La proteína producida por este gen podría ser una excelente diana para medicamentos, y en esta dirección se está investigando.
En definitiva, una - y sólo una – de las estrategias más prometedoras en la lucha contra esta enfermedad consistiría en elaborar el perfil genético de cada persona y atacar, mediante distintos tipos de fármacos, los productos de aquellos genes que tienen una conducta anómala en ese caso específico (persona – tumor) o incluso anticiparse a su acción tumoral. Esto último constituiría algo parecido a una “vacuna”, eso sí, contra esa clase específica de tumor.
Estamos aún lejos de saber todo lo necesario para conseguirlo, pero avanzamos, avanzamos,… Sin duda, esta empresa es digna de que los jóvenes investigadores, actuales o futuros, comprometan su talento en ella.
Comencemos por las matizaciones. Por supuesto, como toda frase lapidaria, ésta no debe tomarse al pie de la letra, y así lo advertí en su momento. En primer lugar, porque sí hay vacunas contra algunos tipos de cáncer. El caso más publicitado quizá sea el de la vacuna contra el virus del papiloma, vacuna que indirectamente protege contra el cáncer de cuello de útero. Pero, desde el punto de vista científico, ésta no es más que una excepción (muy importante, eso sí, para quienes pueden padecerlo), pues son pocos los cánceres de origen vírico. Y, lo que es más importante, de la inmunización, no siempre exitosa, contra este virus a la creación de “una vacuna” que prevenga todo proceso canceroso media, por desgracia, una enorme distancia.
También podría pensarse que el sentido de la dichosa frasecita hace referencia al concepto tradicional de vacuna, como preparado que inmuniza frente a antígenos exógenos. Éstos son habitualmente moléculas situadas en las envueltas exteriores de todo tipo de microorganismos: bacterias, hongos, protozoos, virus… En realidad, una supuesta vacuna contra el cáncer inmunizaría contra antígenos situados en la membrana plasmática de las propias células tumorales del paciente… antes de que éstas aparecieran. Para que tal vacuna funcionara, sería requisito fundamental que se conociera previamente alguna molécula que, producida exclusivamente por los genes que se activan en las células tumorales, se dispusiera en la cara externa de la membrana plasmática, como hacen los antígenos de, por ejemplo, una bacteria o un virus. Entonces se podría intentar estimular a nuestro sistema inmune a que fabricara anticuerpos contra estos antígenos, como sucede en cualquier proceso de vacunación, con la única diferencia de que, en esta ocasión, la “diana” (el antígeno a bloquear) procede del interior de nuestro propio organismo.
El problema principal de esta estrategia de investigación es que no existe tal “diana” (al menos, no se conoce por ahora), sino que existen muchas distintas. La mayoría son específicas de cada clase de tumor, de cada tipo de crecimiento tumoral e incluso de individuos. Dicho de otro modo, el problema de una posible “vacuna contra el cáncer” es que no existe “el cáncer”, sino multitud de cánceres, cada uno con sus propios antígenos tumorales, que es como llaman los especialistas a estas moléculas específicas de cada tumor, y a veces algunas de ellas son diferentes incluso de un individuo a otro. Hay que decir, sin embargo, que todos los tumores malignos tienen algunos rasgos comunes: reproducción incontrolada de sus células, metástasis, etc.
En términos más técnicos diríamos que cada enfermo (incluso cada tumor en un mismo enfermo) tiene un perfil oncogenético distinto, es decir, un conjunto diferente de genes que se activan e inactivan en sus células tumorales, y que da lugar a una batería de antígenos distinta. Esto hace muy difícil que un único tratamiento pueda inmunizar contra cualquier crecimiento tumoral, como debería hacer una “vacuna contra el cáncer”.
Sin embargo, la situación no es, ni mucho menos, tan negativa como parece deducirse de lo anterior. Una prueba de que se han producido y se producen grandes avances la podéis encontrar leyendo un artículo aparecido en Investigación y Ciencia en Agosto de esta año. En él se describe el descubrimiento, en los últimos años, de muchos genes cuya función alterada origina el comportamiento agresivo de las células tumorales en el cáncer de mama. Aunque faltan aún muchos por descubrir, llama la atención el hallazgo, este mismo año, de un gen (SATB1) que regula la acción de más de mil (sí, he dicho mil) genes implicados en las metástasis del cáncer de mama. La proteína producida por este gen podría ser una excelente diana para medicamentos, y en esta dirección se está investigando.
En definitiva, una - y sólo una – de las estrategias más prometedoras en la lucha contra esta enfermedad consistiría en elaborar el perfil genético de cada persona y atacar, mediante distintos tipos de fármacos, los productos de aquellos genes que tienen una conducta anómala en ese caso específico (persona – tumor) o incluso anticiparse a su acción tumoral. Esto último constituiría algo parecido a una “vacuna”, eso sí, contra esa clase específica de tumor.
Estamos aún lejos de saber todo lo necesario para conseguirlo, pero avanzamos, avanzamos,… Sin duda, esta empresa es digna de que los jóvenes investigadores, actuales o futuros, comprometan su talento en ella.
martes, 26 de agosto de 2008
BÚSQUEDA DE VIDA EN MARTE: RESULTADOS CONTRADICTORIOS / THE SEARCH FOR LIFE ON MARS: CONTRADICTORY RESULTS


"Tenemos agua", declaró hace unos días William Boyton, de la Universidad de Arizona, y uno de los responsables de la parte científica de la misión Phoenix. El agua fue detectada en una muestra de suelo congelado tomada a unos 5 cm de profundidad por el brazo excavador de Phoenix Mars Lander. Éste es uno de los motivos que han impulsado a la NASA a prolongar la vida de la misión durante cinco semanas más, hasta el 30 de Septiembre.
Estos últimos días. el brazo excavador de Phoenix ha emprendido una perforación más profunda, que le llevará a tomar muestras a 18 cm de la superficie, y que podría corroborar la presencia de agua. De confirmarse este hallazgo, ¿significaría que puede haber vida microbiológica en Marte? No necesariamente.
El agua líquida es, junto con la presencia de compuestos de Carbono, requisito básico para la existencia de vida (no entraremos a especular sobre posibles vidas basadas en Silicio u otros elementos). Por tanto, la presencia de agua en Marte nos indica que "uno" de los requisitos básicos se encuentra allí y pudo participar en la formación de seres vivos.
Sin embargo, además de necesitarse también compuestos de Carbono - objeto de búsqueda de la nave europea Exo Mars, cuyo lanzamiento está previsto para 2013 - hay muchos factores físicos y químicos que pueden haber hecho imposible el desarrollo de vida en Marte. Hablaremos sólo de dos de los más conocidos.
Uno sería el viento solar: un flujo continuo de partículas subatómicas que bombardearían la superficie planetaria, impidiendo prácticamente las complejas reacciones de síntesis prebiótica, previas a la formación de las primeras células. En nuestro planeta, el potente campo magnético terrestre impide que el viento solar traspase la atmósfera, excepto, ocasionalmente, en las proximidades del Polo Norte (lo que se manifiesta en las espectaculares auroras boreales). Ignoramos aún si esa situación se dió en Marte durante su historia remota, aunque sí sabemos que en la actualidad prácticamente carece de campo magnético.
El otro es la presencia, fruto de erupciones volcánicas o de reacciones entre los gases de la atmósfera pretérita y los minerales superficiales, de algún compuesto fuertemente oxidante. En este sentido, la misión Phoenix nos depara una mala noticia, aunque no definitiva. Uno de los minilaboratorios a bordo de la sonda (el instrumento MEGA) ha detectado indicios del muy oxidante perclorato. pero el otro minilaboratorio (TEGA) no los ha encontrado. Por otro lado, el perclorato podría proceder de los compuestos producidos en las combustiones que tienen lugar en los reactores del cohete propulsor durante el despegue de la Tierra.
En resumen, y como es habitual en cualquier investigación científica, la exploración de Phoenix proporciona algunas respuestas, pero abre la puerta a nuevas preguntas.
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